Os hemos hecho esperar para tener noticias de nosotros. Casi tanto tiempo como nosotros estuvimos esperando el agua de lluvia, que no vino ni en abril, ni en mayo, ni en todo el verano... Y que cayó de golpe en una gran tromba a finales de septiembre. Los caminos de la finca se tornaron arroyos y los muros y escaleras auténticas cascadas.
Eso sí, el agua corría bastante limpia comparada con el agua procedente de las fincas cercanas, «bien labradas» (¿¡qué dirían si no los vecinos!?), con un suelo desnudo y vulnerable; un agua que arrastraba gran cantidad de suelo fértil. La cubierta vegetal que cubre la mayor parte del año el suelo de nuestra finca es la mejor defensa contra la erosión, un fenómeno dramático para los suelos y al que rara vez (desde nuestros ecosistemas de ladrillo y hormigón) le damos la importancia que tiene.
El agua llegó de golpe, pero no estamos como para poner pegas a este desigual reparto (ha llovido desde mediados de septiembre la mitad de lo que suele llover en un año), pues había en la tierra, y en todos los seres que dependemos de ella, demasiada sed acumulada desde las últimas lluvias de marzo. Este ha sido el verano más seco desde de que comenzamos, y tal vez debamos acostumbrarnos.
Después de las lluvias y algo de frío volvió el "veranillo", el que llaman de San Miguel, y en la fiesta de la finca lució un sol espléndido. Con ella iniciamos la temporada agrícola; y también la temporada de Olea, con las deseadas reuniones diarias de las familias de la asociación en el espacio común.
Esta opción de no escolarizar a nuestros hijos, como tantas otras opciones nuestras "poco frecuentes", no nace sólo del desencanto por lo ya conocido y que claramente no funciona (¿alguien necesita una lista de las cosas que no funcionan en la escuela? Baste sólo observar su propia (i)lógica interna que hace que, mediante el sistema evaluador que ella misma establece, el 40% de los alumnos aquí, en la Comunidad Valenciana, no alcance los objetivos que la propia escuela marca como mínimos imprescindibles...); quizá ese desencanto sea el punto de partida en el camino (una no se mueve de un lugar que le satisface); más que en el camino, en el caminar, porque no hacemos más que caminar... ¿Hacia dónde? Pues no lo sabemos con certeza, ya que la única certeza es que lo conocido no nos gusta. Y para ir "hacia no sé dónde" hay que ir "no sé por dónde"; eso sí, no vamos solos, sabemos junto a quién caminamos. Y en este caminar estamos, descubriendo en familia lugares nuevos, valiosos, muy enriquecedores. De tanto en tanto alguien nos pregunta: ¿Merece la pena? ¿Merece la pena vivir así, trabajando duro por transitar caminos diferentes, arriesgados a veces?
Si la pregunta se refiere a lo que la mayoría de la gente piensa (el dinero), os diré que no; que para ver cómo se multiplican los euritos es mejor no pararse a pensar cómo deseas vivir, es mejor quedarse en el redil, cerrar los ojos ante las injusticias, adular a los que conviene aunque no tengan razón, votar a los de siempre, domesticar a los hijos... Pero si la pregunta se refiere a otra cosa, a eso que no se puede medir ni pesar, os digo que merece muchísimo la pena. Si tú también eres capaz de disfrutar de los pequeños detalles; por ejemplo, de escuchar con placer el ruidito de la arena bajo los pies al recorrer los 50 metros que separan nuestra casa de la nevera; o de extasiarte al contemplar de noche un cielo estrellado que parece que se nos cae encima a los que salimos de una ciudad continuamente encapotada; si cada sonido, aroma, reflejo... de la gran comunidad de vida en la que estamos inmersos te conmueve, entonces también para ti merecería la pena.
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Fecha de creación: 2009-11-16. Fecha de la última actualización: 2011-10-12
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